Quizás estas palabras se destinen a aquellos que se alejaron del mundo para mirarlo mejor, pero nunca alcanzaron a ver su propia nuca, y se dieron cuenta de que el hilo de plata se rompió, y quizás nunca vuelvan. También a los que buscan la sombra hasta cuando llueve, a los que van a todos lados protegidos de todo riesgo, a los que planifican cómo va a ser su vida cuando todos sus problemas se resuelvan.
Quizás les resulte redundante a quienes no temen a la intemperie, que no quieren estar sanos y salvos porque ya olvidaron las ansias de inmortalidad. Así, resignaron las falsas trascendencias de la fama y la religión y sólo quieren vivir la que saben su vida de la manera más libre e interesante. Esos que no putean cuando los agarra la lluvia desprevenidos, que se dejan mojar. Esos de los que hay tan pocos. Es que, aunque a veces lo que no te mata te deja paralítico, otras veces te vuelve más perceptivo.
Nuestro mayor peligro son esas personas que predican el mensaje de la verdad, completamente confiados en una idea que creen propia, y de la cual se sienten orgullosos. Edificaron una deidad que parece más seria que el resto sobre un mundo que no comprendían: el de la ciencia. Pero la realidad y la ficción son las visiones esquizofrénicas de una mente colectiva que se pasó de pepas. La ciencia es un arte más. Los pensamientos de esta gente son simplemente órdenes tácitas de mafiosos y garrinchas que secretamente buscan la iluminación.
Los payasos se llenan los pantalones de engaños, y los dueños del circo (que son más peligrosos porque no llevan maquillaje) se llenan los bolsillos de lo único que puede alimentar sus estómagos caribdianos. Ellos desfilan en calzoncillos sobre los cuerpos de las gentes a las que llaman “libres” para dormir tranquilos, pero aquí se es libre sólo el tiempo necesario para elegir un nuevo amo. Y nuestro mejor amo es el único del cual nunca nos vamos a librar: nuestra voluntad. Ella está siempre presente aunque se disfrace para no ser descubierta. Y no hay que malinterpretar la esclavitud, cada culo elije su asiento, pero será que en este mundo todos temen a la intemperie y por eso se necesita la protección de vivir un mundo gris, pero asegurado con doble candado.
El desengaño, la ilusión y los fantasmas más oscuramente pintorescos de nuestro ego se sientan cada noche a nuestra mesa y brindan por nuestra suerte, mientras las lágrimas socavan su maquillaje y el fuego carcome nuestras máscaras. El pasado se presenta de improvisto con el crepitar cada día más fuerte de un vinilo que no escuchamos casi nunca, pero que contiene esa voz eterna, ancestral y oculta que es nuestra identidad y que siempre nos espera, cargada de culpas, arrepentimientos y buenos recuerdos. Finalmente la cena está servida y jugamos la única carta que nos queda, la que escondimos en los pasillos más recónditos del laberinto de la mente: nuestra egolatría.
Federico Marino
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